martes, 11 de enero de 2011

El dopaje, un sprint hacia la muerte

En 1896 Arthur Linton murió tras una fiebre dos meses después de ganar la París-Burdeos. Su muerte se debía al uso desmesurado de cafeína y estricnina. Knud Enemark lo hizo a los 21 durante una prueba contrarreloj en los Juegos Olímpicos de Roma. Cayó fulminado tras rebasar la llegada. La autopsia reveló que había consumido anfetaminas. Ese mismo producto también terminó por sentenciar a Fantini y a Tom Simpson. El triste recuerdo de este último, desplomándose en la cima del Mont Ventoux en 1967 debido a la mezcla de dichos estimulantes con un calor inhumano, es una cruel metáfora de las consecuencias del dopaje.
Ya en los 90, Graeme Obree intentó suicidarse colgándose del techo de su granero. Su mujer, lo evitó a tiempo. Vanderbroucke, Pantani y el ‘Chava’ Jimenez, sin duda tres de los mayores talentos de la historia del ciclismo, abandonaron nuestro mundo tras coquetear con anfetaminas, somníferos, alcohol… con el doping. Todavía nos dejamos alguno.
Alberto León acaba de aparecer muerto en su domicilio. El ex biker estaba imputado en la Operación Galgo. El dopaje apareciendo nuevamente como la antesala de la muerte. Es el último "sprint" que ha salido a la luz. Y, mientras tanto, políticos, médicos y directores deportivos mueren de viejos.
Se buscan sospechosos y no soluciones. Se ocultan casos. Nos escandalizamos por otros. Pero se está demostrando que el doping no es algo con lo que jugar. Ya no está en juego la mejoría en los resultados, ni la concepción ética de su consumo, ni la pulcra percepción de la deportividad, ni siquiera la supervivencia del ciclismo tal y como lo hemos vivido. Lo que está en juego es algo mucho mayor: la vida de los deportistas.

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